
Ayer fue un día tranquilo, aunque, como casi siempre, sin parar.
Comencé con una intervención de dos horas para vigilar a un hombre mientras su mujer estaba fuera. Cuando llegué, el hombre estaba acostado, así que le preparé la comida y se la di en la cama. Me quedé un rato acompañándolo y después le hice una higiene íntima para cambiarle el pantalón y la protección.
Al momento de cambiarlo noté que estaba muy rígido, más de lo habitual, y me costó un poco más de lo normal. El hombre no es realmente consciente de lo que sucede a su alrededor, así que es bastante habitual que esté en tensión.
Una vez terminado, lo ayudé a levantarse y lo instalé en el salón. Después recogí un poco la casa y me quedé con él haciéndole compañía hasta la hora de marcharme.
La siguiente intervención fue en casa de un matrimonio. Allí cambié las sábanas de la cama, pasé el aspirador, la fregona y también hice algo de plancha mientras conversábamos tranquilamente.
La última intervención del día fue para preparar la cena a una mujer con Alzheimer. Aunque su memoria falla, sabe que cada día alguien viene a ayudarla. De hecho, cuando llegué ya me estaba esperando en el portal de su casa.
Entramos, le preparé la cena, ordené un poco la casa y estuvimos un buen rato charlando. Nos reímos bastante y hasta hicimos algunas bromas.
Cuando me fui, ella seguía comiendo tranquilamente.
Después pasé por la oficina para dejar el coche de servicio y recoger el mío antes de volver a casa.
Un día tranquilo, pero lleno de pequeños momentos que hacen que el trabajo nunca se detenga.
