Prevenir antes que lamentar

Hoy mi día ha comenzado con especial atención desde primera hora.

Al llegar para levantar a un hombre, lo encontré al borde de la cama, a punto de caer. En lugar de sentarlo como se hace habitualmente, decidí incorporarlo de forma vertical, sujetándolo por ambos costados hasta que pudo estabilizarse sin riesgo. Preferí asegurarme antes que precipitarme.

Después lo acompañé al andador y de ahí a la ducha. Más tarde lo instalé en la mesa para que desayunara mientras le colocaba los audífonos y las gafas. Una vez estuvo cómodo, me puse a recoger la casa hasta la hora de marcharme.

La siguiente intervención fue más relajada. El hombre me ofreció un café y estuvimos conversando sobre cómo habíamos pasado el fin de semana. Luego hice un poco de limpieza hasta el final del servicio.

La última intervención consistió en preparar la comida a otro hombre y ordenar un poco la casa.

Después, como de costumbre, pasé por la oficina para entregar unos documentos y regresé a casa.

No ha sido un día extraordinario, pero sí productivo. A veces, evitar una caída ya es suficiente para que la jornada haya valido la pena.