
Hoy me quedo con una idea que vuelve muchas veces en este trabajo:
no siempre te reciben con confianza, y a veces ni siquiera con respeto.
Hay personas que llegan a rechazarte desde el primer momento.
No por lo que haces, sino por lo que representas.
Por ser hombre. Por ser nuevo. Por estar “ahí”.
Y duele.
Porque tú vienes a ayudar, no a invadir.
Vienes con educación, con paciencia, con cuidado.
Pero este trabajo también me ha enseñado algo importante:
las actitudes no siempre duran.
A veces, el rechazo es una defensa.
A veces, la agresividad es miedo.
A veces, la provocación es una forma de probar si realmente estás ahí para ayudar.
Hoy, una persona que no quería verme, que parecía hacer todo para empujarme fuera, terminó pidiéndome que volviera otro día.
No por palabras.
Sino por hechos.
Este oficio no va de gustar.
Va de estar presente, incluso cuando es incómodo.
Va de no tomarse todo de forma personal, aunque a veces cueste mucho.
Va de sostener, sin romperse.
Y al final del día, aunque el cuerpo esté cansado y la cabeza llena,
saber que hiciste lo correcto…
eso pesa menos que todo lo demás.
