
Ayer fue un día muy tranquilo, agradable y diferente al resto.
Empecé al mediodía para preparar la comida a una mujer. Le preparé el entrante y, mientras comía, fui preparando flanes que le encantan. Aunque es una receta muy sencilla, hasta ayer me parecía complicada. Después le serví el plato principal y, por último, el postre. Todo fue bien, salvo que me di cuenta de que en su habitación había humedades en el techo, así que avisé a la empresa.
Después tuve que ir un poco lejos para recoger a otra mujer. Una vez con ella, fuimos a buscar a otra señora a un pueblo cercano para llevarlas a las dos a la oficina, donde había un taller de crepes. Había bastante gente: personas preparando crepes, comiendo y celebrando un cumpleaños. Estuvimos allí alrededor de una hora y media y, después, llevé a cada una de vuelta a su casa.
Luego me quedé esperando para la siguiente intervención. Todo iba bien hasta el último momento, cuando la cama articulada del señor empezó a pitar. Era el motor que hincha el colchón, que estaba fallando. Salí un poco más tarde de lo previsto, pero nada preocupante.
En la siguiente intervención, el señor —que tiene Alzheimer— estaba en una fase de rechazo. No quería ponerse el pijama, ni cenar, ni tomar la medicación, ni que le cambiara la protección. Fui probando poco a poco distintas maneras hasta que conseguí que tomara los medicamentos. Con la excusa de que, después de la medicación, es obligatorio comer algo para evitar problemas mayores, aceptó comer un poco. Aproveché que quería acostarse para acompañarlo a la habitación, ponerle el pijama y dejarlo preparado. Luego rellené las hojas con las tareas realizadas y me marché.
Fue un buen día, a pesar del rechazo del señor. Al menos consiguió tomar su medicación y comer un poco, y eso ya es importante.
