
Hoy ha sido un día súper tranquilo en el trabajo.
Por la mañana, en mi primera intervención, fui a levantar a un hombre, ayudarle con la ducha, instalarlo en la mesa para que desayunara y recoger un poco la casa. Nada fuera de lo habitual.
En la siguiente intervención fue prácticamente lo mismo, salvo la ducha, ya que de eso se encarga la enfermera. Yo me ocupé de levantarlo, prepararle el desayuno y encargarme un poco de la casa.
La intervención siguiente fue para la preparación de la comida del mediodía. Solo había que calentar la comida y recoger un poco. Después tuve tiempo para sentarme a conversar con la mujer, y estuvimos charlando un buen rato.
La última intervención me sorprendió. Normalmente, cuando llego, la mujer está acostada y sin ganas de levantarse. Pero hoy, al abrir la puerta, ya estaba viendo la televisión. La acompañé a la mesa y le serví la comida. Mientras ella comía —come muy despacio— yo iba recogiendo la casa y preparando las cosas para la siguiente persona que vendría después de mí.
Cuando me fui, todavía no había terminado el entrante. Antes de salir, dejé anotado en el cuaderno que, en el momento de mi partida, la mujer seguía comiendo. Es importante dejar constancia por escrito.
Para terminar el día, fui a la oficina a entregar unos documentos y después regresé a casa.
Un día simple, sin complicaciones. Y eso también se agradece.
