
Hoy mi jornada fue muy tranquila y agradable desde que me levanté.
La primera intervención fue simplemente para hacer compañía, luego un poco de mantenimiento del hogar y, de nuevo, compañía. Fue un momento muy agradable, hablamos bastante y el tiempo pasó rápido.
La siguiente intervención también fue muy buena. Tenía que preparar la comida para una pareja. Son personas muy amables. La señora, que tiene fuertes trastornos cognitivos, no hacía más que reír; era muy dulce. Su marido igual, muy gentil.
Hubo un imprevisto: mientras estaba terminando de preparar la comida, el señor dejó caer parte del plato al suelo. Estaba muy apenado, pero le dije que no se preocupara, que no pasaba nada. Por dentro, uno ve el “desastre”, pero ahí es cuando hay que respirar con calma y limpiar poco a poco.
A veces, por dentro, hay una tormenta: ves lo que ha pasado, piensas en el tiempo que tienes, en cómo gestionar la situación… y al final es muy simple: no darle demasiadas vueltas y empezar. Da igual por dónde, lo importante es empezar. Poco a poco, todo vuelve a su sitio.
Para ellos, mejoré un poco el plato, ordené la cocina, serví las comidas y luego volví a la oficina para transmitir la información y regresar a casa.
Me encantan los días tranquilos como el de hoy. Sé que no pueden ser así todos los días, pero cuando ocurren, solo queda agradecerlos.
