
El día empezó con mucho frío y sin internet. Ya llevaba cinco días sin conexión en casa y, para colmo, tampoco tenía internet en el móvil. Además, el coche estaba completamente congelado.
Me levanté a las 6 de la mañana, me vestí y a las 6:15 salí a arrancar el coche para que se calentara. Mientras tanto, seguí preparándome para ir a trabajar. Media hora después, el coche ya estaba en buenas condiciones y pude salir hacia la oficina para recoger el coche de servicio.
El coche de servicio fue otra historia. Estaba todavía más congelado que el mío. Mientras se calentaba, me quedé dentro del mío para no pasar frío e intenté entender qué pasaba con el teléfono, ya que seguía sin internet.
Una vez el coche estuvo listo, salí hacia la primera prestación del día, a unos 30 minutos de distancia. Llegué con 20–30 minutos de antelación, así que me quedé en el coche con el móvil intentando ver si el problema se había solucionado. Quince minutos antes de empezar, envié un SMS a un compañero de trabajo, a la vecina y a mi madre para comprobar si funcionaba… y sí, funcionó. Al principio pensé que era un problema de red, pero no lo era. Así que mejor.
Justo cuando salí del coche para empezar la prestación, el internet volvió y todos los mensajes llegaron de golpe.
La primera intervención fue tranquila: preparar el desayuno del hombre, hacer la cama, pasar un poco la escoba y lavar los platos, tareas cotidianas que hacemos casi sin pensar, incluso en nuestra propia casa.
Al terminar, volví a coger el coche para otro trayecto de unos 30 minutos hasta la segunda prestación.
Ahí la cosa se complicó un poco. Mi GPS personal me llevó a la calle de al lado y no pude aparcar correctamente. Tuve que dar la vuelta por detrás de otra residencia, aparcar allí y continuar a pie, que al final era más corto.
Llamé a la oficina porque la dirección no parecía correcta, aunque el GPS del trabajo indicaba que estaba en el lugar adecuado. Tras varios intentos hablando con la oficina, me di cuenta de que estaba aparcado justo delante de la puerta donde debía intervenir, pero tanto allí como donde estuve al principio los buzones tenían nombres que no correspondían al del hombre.
La intervención era para ayudarle con la ducha, pero el señor se negó, y no insistimos. Así que aproveché para hacer un poco de mantenimiento y charlar con él.
Al salir de allí, fui a recoger a un adolescente a la escuela para llevarlo a su casa. Desde que llegué hasta que salió del colegio, aproveché el tiempo para completar información de las intervenciones, hacer actualizaciones y escribir estas líneas.
Tenía muchísima hambre, así que cuando el chico salió del colegio pasamos por una panadería. Comimos juntos mientras veíamos la televisión y me quedé con él hasta que su madre regresó.
Al terminar esta última intervención, mi jornada ya había acabado. Solo me quedaba volver a la oficina, dejar el coche de servicio, recoger el mío y regresar a casa.
