
Mi día de hoy empezó a toda velocidad. Ya el día anterior había dejado mi coche en el taller para cambiar los frenos y, por la mañana, llamé a un compañero de trabajo para pedirle un favor: o que me llevara al taller por la mañana que yo no trabajaba, o, si no podía, que me llevara a la oficina para coger el coche de servicio.
A la hora que habíamos acordado, me llevó a la oficina porque mi coche aún no estaba listo. Allí charlamos un poco y cogimos unos chocolates (sobre todo él). Cuando llegaron las auxiliares de enfermería —las principales responsables de los coches de servicio—, una de ellas, que utiliza el mismo coche que yo, preguntó por mí. Eso me sorprendió mucho, porque yo no conozco el nombre de todas, pero ellas sí sabían el mío.
Cuando ya tenía la llave del coche, seguí hablando un poco con mi compañero. Continuamos hablando y yo me preparaba para ir a trabajar cuando recibí un SMS del taller diciendo que ya podía recoger mi coche. Mi compañero me dijo: “Vamos rápido, te llevo al taller y dejas tu coche aquí, que está al lado”. Fuimos, recogí mi coche y luego él se fue. Yo volví a la oficina para coger el coche de servicio.
Pensé que llegaría con bastante retraso, pero al final fueron menos de cinco minutos, así que no pasó nada.
En mi primera intervención, estaba hablando tranquilamente con el señor cuando, de repente, tuvo una fuga (diarrea). Lo acompañé al baño y, en estos casos, lo mejor que se puede hacer es distraer a la persona, porque normalmente sienten vergüenza. Empecé a conversar con él mientras lo ayudaba a desvestirse y a cambiarse de ropa. Una vez terminado, lavé un poco las manchas antes de poner la ropa en la lavadora y limpié el baño.
Después me ofreció un café. Me quedé un rato con él tomándolo, y luego hice su cama y ordené la cocina antes de irme a la segunda intervención.
Para llegar a la segunda casa tuve que conducir por caminos pequeños, muy despacio, porque había lluvia, la calle estaba medio rota y llena de barro. Llegué con algo de retraso y, al entrar en casa de la pareja, me quedé con la señora mientras ella daba de comer a su marido. Estaba muy cansada porque había pasado una mala noche, así que aprovechó para acostarse un poco mientras yo le daba el postre a su marido y me quedaba con él.
Me hizo mucha ilusión pasar ese rato con él porque, a pesar de su enfermedad, se reía y te hacía olvidar todo. Lamentablemente, el tiempo allí pasó muy rápido y, como ya llevaba retraso de antes, salí aún más tarde, lo que hizo que llegara bastante tarde a la siguiente intervención. Además, tardé unos minutos en encontrar la dirección correcta.
Cuando llegué, noté que la señora no tenía mucha confianza. Acababa de mudarse y el trabajo consistía en limpiar bien y preparar la habitación donde dormía. Un punto a mi favor fue la forma en la que le hice la cama: le encantó. Aunque aún me quedaba trabajo por hacer, ya empezó a preguntarme cuándo volvería. Terminé de preparar la habitación y, después de beber dos vasos de agua (no todo el mundo te ofrece algo de beber), me fui a la última intervención.
La última prestación fue muy básica y sencilla para nosotros: llegar, fichar, preparar la comida, dejar listas las cosas para la persona del día siguiente (porque era por la tarde) y marcharse una vez que todo está hecho y la persona ya no necesita nada más.
Como siempre, al final del día, volví al despacho para dejar el coche de servicio, recuperar el mío y regresar a casa.
