
Hoy me he levantado muy enfadado.
Desde que empecé a trabajar donde estoy ahora, hacía sobre todo intervenciones humanas, con algo de mantenimiento y preparación de comidas. Algo normal. Pero desde que estoy en este nuevo puesto, que en teoría debía ser para urgencias y casos más complejos, hago muchísimo más trabajo de limpieza que cualquier otra cosa. Y ahí empiezo a preguntarme si el problema soy yo o si hay algo que no encaja.
El trabajo empezaba a las 12:30. Estaba prevista una reunión para avanzar en la puesta en marcha de un nuevo proyecto. Pero desde el principio me habían colocado en una intervención que requería al menos treinta minutos de trayecto. Ya estaba muy enfadado.
Cuando terminé la intervención, ya llevaba entre treinta y cuarenta y cinco minutos de retraso. Llegó un momento en el que me dio igual todo. Cogí el coche de servicio con calma para ir a la primera persona, sabiendo de antemano que iba a ser limpieza. Aspiradora, fregado y después conversar con la señora. Allí me sentía un poco perdido, porque a veces intervenimos para ella, otras para su marido o para su madre, que viven todos juntos.
Después fui a casa de otra pareja, también para hacer limpieza. Por suerte —o no— se negaron a dejarme entrar. Volví al coche, avisé a la oficina y me fui a esperar la siguiente intervención.
La siguiente prestación estaba marcada como “mantenimiento + cambio”, con una duración de 2 horas y 45 minutos. Ya me imaginaba que sería casi todo limpieza, como la mayoría de las veces. Nada más llegar, empezaron los problemas: no podía entrar. Tenía la llave, pero al girarla no abría del todo. Después de llamar a la oficina y al hijo del señor al que atendía, me explicaron que había que levantar la manilla, girar la llave y empujar fuerte la puerta. Así fue como conseguí entrar.
Me presenté al señor, pasé la escoba y, justo cuando terminé, llegó su hijo. Fue muy amable y me explicó todo con calma. Lavé el suelo, cambié la protección del señor, le hice una higiene íntima y volví a la cocina para preparar la comida. Después hice la vajilla.
A la hora de irme, estaba casi contento. No es habitual poder salir sin retraso. Pero nadie me había avisado de que tenía que quedarme con la llave, porque el señor cierra con llave. Tiene problemas mentales. Así que me quedé encerrado dentro de la casa.
Después de llamar a su hijo, el señor me abrió con una llave que no debería tener. Por fin pude salir, devolver el coche de servicio y volver a casa.
No sé si esto se puede llamar burnout.
Pero hoy estoy reflexionando sobre muchas cosas.
