
Hoy el día empezó entre risas. Comencé a trabajar al mediodía para preparar la comida en casa de una pareja que siempre se ríe mucho. Le había dicho al señor que, después de la última vez que estuve en su casa, me había comprado una freidora de aire y que la utilizaba casi todos los días. Se reía diciendo que ahora le debía una comisión.
Mientras preparaba la comida, justo cuando estaba terminando la intervención y ya había puesto los platos en la mesa, empecé a fregar. En ese momento vi que su mujer, que tiene Alzheimer, acababa de salir de la casa y estaba en la calle. Cuando se lo dije al señor, salió a buscarla. Sabíamos hacia dónde iba, así que no hubo pánico, pero siempre es una situación que sorprende.
Una vez terminada la intervención, me fui a la siguiente casa.
La prestación siguiente fue tranquila, pero un poco extraña. Era en casa de una pareja: la señora tiene trastornos cognitivos y el marido había salido. Estaban también su hijo y su nieto. Estuve hablando con el hijo y después limpié la cocina. Cuando terminé, el hijo tenía que irse, así que aprovechamos para levantar a su madre. Me quedé con ella mientras el hijo y el nieto estaban fuera. Charlamos y vimos la televisión juntos hasta que regresaron.
Después llegó la hora de ir a la siguiente intervención.
Esta prestación se desarrolló bien. Mi trabajo era preparar la comida y estimular a la señora para que comiera, aunque era un poco temprano para cenar. Estuvimos hablando tranquilamente y, justo unos minutos antes de irme, llegó el enfermero para administrarle su tratamiento. Aproveché para explicarle que, debido a la medicación, era importante comer, así que empezó a comer justo cuando yo me iba.
La última intervención también fue bien: preparación de la comida y acostar a la persona.
Al final del día salí con retraso, pero no pasa nada. Antes me preocupaba mucho por salir tarde. Ahora lo gestiono mucho mejor.
